La luz del atardecer se deslizó serpenteando por el callejón. La brisa fresca de la tarde esparció aromas de claveles, jazmines y azahar.
Asomó la silueta recortada de tres moños grises que al igual que cada tarde, se sentaban en tres sillitas de enea a custodiar las puertas que ocultaban años de vergüenza y humillación.
El silencio quedó roto por el quejido grave de las campanas tañendo a muerto. Las tres mujeres se estremecieron. El monstruo disfrazado de filántropo, intocable bajo la coraza del alzacuello, había abandonado su infame coto privado de caza.
Durante décadas imperó la ley del miedo, el silencio. Todos sabían y todos callaban. Nadie quiso escuchar los desgarrados bramidos de las víctimas implorando auxilio, sometidas bajo su cáliz y su casulla. Infancias y adolescencias sacrificadas como ofrenda al buen pastor. Corderos ultrajados sin anestesia. Congregación fértil en feligreses y prematuros ternascos. Brutal derecho de pernada.
Las tres ancianas se pusieron de pie en unánime gesto, apartaron con violencia sus jamugas y escupieron todos sus ultrajes sobre los adoquines. Las campanas repicaban feroces, dispersando con su movimiento el miedo tanto tiempo contenido.
Todas las puertas se abrieron.
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