Hubo un tiempo en que decían que el mundo era distinto. Un tiempo en el que el olfato formaba parte de los sentidos sensoriales del cuerpo humano. El tercer sentido, le llamaban.
Dicen que todo tenía un aroma característico y que podías distinguir a las personas, animales y cosas cerrando los ojos y aspirando. Dicen que era una delicia pasear por la playa, junto al mar. Sentir el extraño olor a sal, a algas, a arena mojada. También dicen que la gente paseaba bajo las tormentas, cuando el aire estaba perfumado de tierra mojada. De lluvia.
Que no toda la comida nos gustaba, que la carne y el pescado no sabían igual. Que era más difícil intoxicarse con los alimentos ya que cuando se estropeaban, se volvían pestilentes. Es difícil imaginar que algo pueda apestar. Hoy día, “apestar” solo es un verbo en nuestro diccionario; en desuso además. Creo que dentro de poco también lo eliminarán.
Dicen que los seres gestantes estaban unidos a sus madres a través del aroma de la piel. Y que hay pieles dulces, y otras no tanto, y que por lo visto incluso algunas dejan estelas sudorosas, desagradables.
Y que por esta individual característica, los seres humanos estábamos nueve meses preparándonos para nacer y vivir largo tiempo en la familia que nos correspondía. Escuchábamos las voces; eso también lo hacemos hoy a través del vidrio; pero también podíamos distinguir cada caricia en el vientre progenitor por la intensidad de su olor. Sabíamos quien era cada quien. Nos deleitábamos cuando a mama el chocolate le corría por sus venas y, por lo visto, provocaba intensas oleadas de placer en el bebé. Al igual que los espárragos provocaban nauseas a los gestantes fetos en desarrollo. Y que en la fiesta del nacer, con los ojos todavía cerrados, una leve caricia nos indicaba si estábamos frente a papá o a mamá.
No se sabe muy bien cuando ocurrió. Ni porqué. Pero algunos ancianos del lugar dicen haber escuchado a sus tatarabuelos relatar el sobresalto surgido cuando una mañana el mundo había perdido sus fragancias. Cuando todo quedó aséptico, lleno de color, carente de olor. Cuando la anosmia se apoderó de todo el género humano.
Este extraño suceso provocó en los seres más débiles de aquella generación impulsos colectivos de suicidio. Los que sobrevivieron a este exterminio, se desmarcaron de sus hasta entonces familias establecidas, rompiéndose sólidos vínculos familiares, amistosos y de relaciones.
Fue en el transcurso de los siguientes meses cuando el amor comenzó a agonizar en los entes supervivientes.
Cuando el placer se convirtió en algo puramente físico, cuando la evocación mental de los sentidos se encontró mutilada.
Cuando el frío acero de la indiferencia nos rebanó el deseo de la proximidad.
Cuando el ser humano dejó de relacionarse a nivel emocional y lo hizo a nivel existencial, el instinto de supervivencia nos obligó a venir al mundo fecundados en el interior de un frasco, germinados en un útero de plástico y paridos sin aplausos ni vítores.
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