25 de Septiembre de 1888
"Querido Jefe, desde hace días no dejo de oír que la policía me ha atrapado, pero en realidad todavía no me ha pillado. En mi próximo trabajo le cortaré la oreja a la dama y se la enviaré a la policía para divertirme. No soporto a cierto tipo de mujeres y no dejaré de destriparlas hasta que haya terminado con ellas. El último es un magnífico trabajo, a la dama en cuestión no le dio tiempo de gritar. Mi cuchillo está tan bien afilado que quiero ponerme manos a la obra ahora mismo. Me gusta mi trabajo y estoy ansioso de empezar de nuevo, pronto tendrá noticias mías y de mi gracioso jueguecito [...]
Atentamente, Jack el Destripador."
La Agencia Central de Noticias, remitió a Scotland Yard la misiva recién llegada a sus dependencias. Que en ningún momento fue tomada en serio. Hasta que tres días más tarde se encontró el cadáver de la prostituta con una de sus orejas parcialmente cortada.
Durante todo el mes de Septiembre y Octubre del año en cuestión, los bulliciosos callejones londinenses de Whitechapel se habían quedado vacios al anochecer. El frio, la niebla y el pavor a encontrarse de frente con el destripador estaban cambiando las costumbres populares. Eso unido a las batidas nocturnas de ciudadanos voluntarios conocidos como Comité de Vigilancia de Whitechapel, deseosos de encontrar al malnacido y, dicho sea de paso, cobrar la recompensa de 500 Libras Esterlinas ofrecidas por su cabeza.
De él solo se intuía que era un asesino en serie inteligente, eficaz, burlón, astuto, frío y obsesionado con mujeres prostitutas de barrios deprimidos, cuyo modus operandi consistía en el degollamiento, la estrangulación posterior, lesiones faciales y en la mayoría de los casos la mutilación abdominal y genital incluyendo la extracción de órganos internos. Toda la población se convirtió en sospechosa, especialmente aquellos hombres cuyas profesiones eran la de médicos, carniceros o matarifes cuyos conocimientos anatómicos o quirúrgicos eran imprescindibles en este tipo de homicidios.
Durante el horario diurno, un nutrido grupo de agentes de Scotland Yard se dedicaba a investigar casa por casa en todo el distrito, recogiendo material forense para su posterior examen. Se tomó declaración a unas 2000 personas y se investigó, minuciosamente, a 5 de ellas cuyas profesiones, rasgos físicos, edad, y altura concordaban con el perfil que se había elaborado del asesino.
Y de esas 5 personas, destacaba por encima de las otras 4, una en particular: el Dr. Collins, conocido en todos los estratos sociales. En la alta sociedad londinense por sus exquisitos modales, su vasta cultura y conocimientos. Ampliamente viajado y felizmente desposado con Jackeline, aristócrata norteamericana que conoció en una convención médica en Canadá hacía tres años. Conocido en los barrios míseros, superpoblados, que hacinados convivían en ínfimas condiciones laborales y sanitarias, por su humanidad atendiendo gratuitamente a todas las prostitutas de la zona. Se había convertido en el mayor sospechoso. A pesar de que no hubieran encontrado ni una sola prueba que lo culpabilizara.
16 de Octubre de 1888
"Desde el infierno. Señor Lusk. Señor le adjunto la mitad de un riñón que tomé de una mujer y que he conservado para usted, la otra parte la freí y me la comí, estaba muy rica. Puedo enviarle el cuchillo ensangrentado con que se extrajo, si se espera usted un poco. Firmado, Atrápeme si puede Señor Lusk.
Jack el Destripador."
Acababa de terminar el último interrogatorio exhaustivo y el Dr. Collins y su esposa estaban psicológicamente agotados. El Sr. Lusk esta vez había sido implacable. El decidió salir a dar un paseo, a sabiendas de que llevaría una recua de policías disfrazados, vigilantes voluntarios queriendo pasar inadvertidos e invisibles vecinos en general pisándole los talones. Atándole tan corto que hasta podían exhalarle su respiración en la nuca. Aun así, necesitaba ver a sus pacientes por tanto tiempo abandonadas. Sabía que ahora ellas estarían más seguras que nunca en su compañía y en la de los 200 improvisados celadores que le seguían el paso.
Una vez la casa quedo tranquila, Jackeline se dirigió a la biblioteca. Nerviosa. Deslizó la puerta de madera a sus espaldas y cogió el libro falso de la estantería. Al abrirlo comprobó que todo seguía en su lugar. El bisturí de plata permanecía inmóvil junto a la última misiva escrita por su padre antes de morir, que decía:
“….. Jack, hubieses sido un gran médico ……”
